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AZAR

 

 

 

Hay tantas realidades como puntos de vista

Ortega y Gasset

 

 

Nuestra palabra azar proviene del árabe az-zarh (flor), que, por metonimia, pasó a referirse a la suerte: por el juego de dados cuyo valor máximo se representaba precisamente con una flor de azahar. Mismo significado, entonces,  que el de (todos) los dados a los que se refería Julio César cuando, según cuentan, dijo aquello de alea iacta est.

Pero la suerte no es un concepto imparcial: se tambalea entre lo positivo y lo negativo, entre los vencedores y los vencidos, entre las víctimas y los supervivientes. Puede acontecer en uno u otro bando, y, de hecho, acontecerá, puesto que el azar es, casi como el Rubicón, un punto de no retorno. Hoy, de hecho, el diccionario le otorga el significado neutral de casualidad, pero también el de desgracia imprevisible.

El papel del azar en los asuntos humanos se ha intentado entender desde los albores de la civilización: ¿cuánto de fortuna y cuánto de fatum hay en el azar? A caballo entre la suerte y lo inexorable, el azar condiciona la vida humana desde sus inicios. El lugar de nacimiento, el sexo y el color de la piel son tres aspectos que influirán, sobremanera, en la vida de una persona. Luego vendrán los condicionamientos biológicos, sociales, culturales y económicos; pero antes, en primera instancia, el azar.

La historia misma nos habla de las diferencias entre nacer en un país europeo o en una remota población africana. Entre nacer blanco o negro en Estados Unidos. Entre hacerlo en una familia de hombres libres o de esclavos. Entre ser hombre o mujer en algunos países asiáticos. La fortuna o la desgracia son algo aleatorio y casual. Y lo fortuito moldea la realidad de quienes deben adaptarse a ella.

El azar crea puntos de vista.

 

Desde la antigüedad se ha intentado responder mediante la filosofía, la religión o la ciencia a cuestiones sobre el porqué o el cómo de nuestra existencia. Esta muestra fotográfica no pretende desvelar ninguna incógnita ni tampoco rebatir teoría alguna; solo busca testimoniar otras realidades, fruto, quizá, del azar. Porque no es necesario comprender; basta con observar. Porque, con o sin causa que lo provoque, cada ser humano debe vivir la vida que le ha tocado vivir.

Pensadores e historiadores clásicos llegaron a la conclusión de que no solo en la vida humana, sino también en el desarrollo de los acontecimientos interviene con frecuencia lo fortuito, lo indeterminado, lo contingente. Se dan circunstancias inesperadas, situaciones casuales, como las que ponen al fotógrafo en el lugar y el momento preciso y que pueden resolverse favorable o desfavorablemente. Impactante y azaroso puede considerarse, por ejemplo, su encuentro con unos imponentes etíopes, pastores karo, armados con Kalashnikov cerca del río Omo.

Durante la Edad Media, los intentos de conciliar las doctrinas religiosas con la sabiduría pagana marcaron un periodo sin clara distinción entre teología y filosofía. Los estudios sobre la existencia y naturaleza divina, la compatibilidad entre omnisciencia y libre albedrío o la coexistencia de la deidad con el mal volvieron una y otra vez a la causalidad, la providencia o el destino como fuerza ajena a las decisiones humanas que mantenía el statu quo de la sociedad. En nuestros días, con similares interrogantes a resolver, son los elegidos por el poder superior al que cada cual de ellos encomienda su fe quienes ejercen, desde su posición, de enlace con lo sagrado: quienes guían, quienes ofician, quienes sanan con rituales diversos basados en la fe.

Incluso la ciencia aborda el asunto del azar. De casualidad, suerte, probabilidad, variación y selección natural hablaba Darwin en su Origen de las especies, años después de que su experiencia en la armada británica a bordo del Beagle cambiara su concepción de la naturaleza y de la vida. El escepticismo darwinista cuestiona el principio de causalidad y el de razón suficiente, pero sin renegar de la metafísica espontánea e inevitable.

Aleatorio, sin causa que lo determine, pero ni libre ni caótico. «La esencia de la vida es la improbabilidad estadística a escala colosal», sostiene el zoólogo, biólogo y etólogo Richard Dawkins en relación con el proceso evolutivo. Entre la probabilidad  y la estadística se manifiesta el azar.

Porque lo improbable es, no obstante, posible. Es casi imposible y sin embargo, sucede. Como resistir ancestralmente en un reducto salvaje en Siberut, de espaldas a la civilización en pleno siglo XXI; como sobrevivir al estallido de una mina durante las labores del campo en Camboya; como vivir permanentemente con una saturación de oxígeno del 60% rozando el cielo en el lago Titicaca.

Próspero y positivo o penoso y funesto, para bien o para mal, simplemente, es.

Si algo llama también la atención en lo azaroso es que, a pesar de lo imprevisible y lo dispar, se imponen las confluencias: familia, sociedad, trabajo, entorno, religiones, creencias y costumbres son el mínimo común múltiplo de la vida humana. La celebración de una boda turkana en Kenia, los tatuajes como símbolo de pertenencia a la tribu mentawai, la cosecha de arroz en Vietnam o la búsqueda de agua en el desierto tunecino, el pastoreo o la artesanía en Perú, las mutilaciones de guerra en Camboya, la llamada a la oración de un monje birmano, el ritual de santería en Cuba o la insólita ceremonia de Holy Water en Etiopía son ejemplos de cuán conectados estamos a pesar de las diferencias, de cuánto de lo mismo hay en lo que nos define como humanos.

 

De cómo el azar condiciona la vida; de cómo se ve el mundo en función del lugar de nacimiento; de cómo la realidad cotidiana es solo cuestión de perspectiva. De eso, y de lo que quepa en la interpretación de cada espectador, trata la exposición fotográfica Azar, de Emilio Chamizo. Una colección de estampas de lugares bien dispares, una colección de miradas infantiles y adultas a través de las cuales podemos imaginar parte de ese mundo que también es el nuestro, aunque bien distinto.

Azar forma parte de un extenso proyecto fotográfico que retrata maneras de vivir, creencias y espacios naturales de etnias y tribus de diversos puntos del globo, desde la selva más frondosa hasta los desiertos más yermos, más cerca del fotoperiodismo que de la fotografía artística que el autor acostumbra.

La selección, variada, colorida y dinámica, no se deja llevar únicamente por el exotismo. Recoge imágenes que destacan por su naturalidad y ternura, como la de una pequeña nativa cubeo con su mascota en la cuenca del Vaupés.  Algunas sobrecogen por su crudeza: así la instantánea de un pequeño y desilusionado limpiabotas en Ecuador. Y otras tantas sorprenden por la realidad tan diferente que reflejan, como el retrato de una joven africana con su llamativo tocado o el salvajismo natural de un nativo mentawai armado con una enorme lanza.

Emilio Chamizo nos invita a un recorrido por las emociones con sus impactantes imágenes: unas veces, dulces y tiernas; otras, duras y tristes. Pero que nunca dejan indiferente.

 

Texto curatorial:

Silvia Chamizo Blanco